La apresurada metamorfosis de Alberto F.

  • Lunes, 20 de Mayo de 2019 | Locales

POR EDUARDO N. CARBONI

Cristina Fernández dejó la presidencia de la Nación con el reconocimiento de un gran sector de la sociedad, pero a ese sector le cuesta mucho ver las cosas que hizo muy mal. En sus doce años de gobierno, el kirchnerismo ha hecho cosas buenas y hay que cuidarlas. Y hay cosas que están muy mal hechas y no hay que volver a hacerlas.

En sus comienzos como presidente, Cristina tuvo dos golpes que la afectaron en la comprensión del conflicto. Primero, el caso Antonini Wilson, cuando ella llegó a decir que la CIA era la causante del tema. Segundo, el campo. Ella sintió que había una suerte de confabulación general en su contra, y a partir de allí no pudo volver más. Percibió que cada crítica era parte de esa confabulación.

Cristina tiene una enorme distorsión sobre la realidad. Si revisara las cosas que dijo, debería rectificarse un montón de cosas. Llegó a decir que Alemania estaba peor que La Argentina en materia de pobreza, sostuvo hasta el final que el cepo no existía y que la inflación no es importante. Eso es negación, es una negación terca, por momentos absurda.

Estas cosas son las que deterioraron su base electoral. Si un pobre que vive al borde de la marginalidad escuchara que la Presidente dice 'nosotros no tenemos problemas de pobreza, el problema de pobreza lo tiene Alemania, lo que el pobre va a pensar es 'no se dieron cuenta de que existo, de que necesito auxilio".

Si Evita viviera se atormentaría con todo esto; sería muy crítica de las posiciones abusivas. 

A lo largo de la democracia, el peronismo fue todo, y eso no vale. Fue conservador con Ítalo Lúder, neoliberal con Carlos Menem, conservador popular con Eduardo Duhalde, progresista con Néstor Kirchner, y solo fue patético con Cristina. Fue patético, fue el partido de la obediencia. La política no es un ejercicio de obediencia, es un ejercicio de reflexión y de debate. La que se olvidó de eso fue Cristina.

Es dificilísimo encontrar algo virtuoso en el segundo mandato de Cristina. Haciendo un enorme esfuerzo, lo único virtuoso que puede encontrarse es el desarrollo en ciencia y tecnología.

Al kirchnerismo no hay que matarlo, hay que superarlo. Hay que hacer algo superador al kirchnerismo.

Hasta aquí, esto bien podría ser un artículo escrito por un, como mínimo, acérrimo crítico de Cristina Fernández, cuyo resultado sería una interminable catarata de reacciones adversas a los cuestionamientos y calificativos. Por ejemplo, de haber sido el pensamiento de un oficialista, en cuestión de horas, un diluvio de respuestas con altísimos niveles de ira, a través de los distintos medios de comunicación y redes sociales, apuntarían a destrozar al autor de tamaña afrenta. Pero se trata ni más ni menos que palabras del mismísimo Alberto Fernández, director de Sumarios y subdirector General de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Economía durante el gobierno de Raúl Alfonsín; superintendente de Seguros de la Nación durante el gobierno de Carlos Menem; tesorero de la campaña presidencial de Eduardo Duhalde para las elecciones de 1999; legislador entre 2000 y 2003 de la ciudad de Buenos Aires por el partido Acción por la República, liderado por Domingo Cavallo; jefe del Gabinete de Ministros de la Nación Argentina entre el 25 de mayo de 2003 y 23 de julio de 2008, y ahora precandidato a presidente de la Nación por Unidad Ciudadana, que tendrá como compañera de fórmula a Cristina Fernández.

En el libro 'La Presidenta. Una historia de vida', de la periodista militante Sandra Russo, la expresidente cuenta: "A mí en 2008 me quisieron destituir. Sí. No tengo ninguna duda. No habían querido que fuera yo la candidata. Fundamentalmente el Grupo Clarín. Magnetto lo había ido a ver a Néstor a Olivos y le había dicho que no me querían como candidata. Se lo decían a todo el mundo".

"Preguntale a Florencio Randazzo –agrega–, pedile que te cuente cómo era, cuando él estaba convencido de que iba a ser yo la candidata, Felipe Solá le decía 'No, eso se cae, mirá que yo hablo con Alberto Fernández y me dice que eso se cae'. Y Randazzo le decía 'pero mirá que yo hablo con Néstor y es la candidata', y el otro le insistía que no, que yo no era. El Grupo estaba ejerciendo mucha presión, eso yo lo sabía. Lo que no sabía era que el vocero del Grupo, hacia adentro, era nuestro jefe de Gabinete".

Hasta hace muy, pero muy poco tiempo –pocas horas, en muchísimos casos–, Alberto Fernández era un traidor. Si lo decía Ella, no cabía duda alguna. De ahora en más, la línea será abstenerse de todo calificativo que ponga en duda su reputación y coherencia político-ideológica, so pena de ser calificado como… ¡un traidor!

O sea, de ahora en más –o hasta nuevo aviso, mejor dicho– del asunto no se habla. Lo que pasó entre tú y yo, nunca sucedió…, por ahora. Eso sí, habrá que buscarle la vuelta, una vez más, para hacer que el extraidor se convierta en un compañerazo nacional, popular, unido y organizado como para que le quepa la bandera de la patria justa, libre y soberana, como decía Juan Perón, cuando parafraseaba al político y militar catalán de ideología republicana e independentista, Francesc Macià.

A Guillermo Moreno la cosa no le cayó nada bien. "Alberto Fernández no es peronista. Es un candidato que expresa el neoliberalismo y la socialdemocracia. Son dos ideologías individualistas que se terminaron desde la caída del Muro de Berlín hasta que subió (Donald) Trump", dijo sin vueltas, arriesgándose a pasar a las filas de los infieles, aunque vaya uno a saber si le importará lo que piensen los flamantes exenemigos de Alberto.

La cosa es que se pondrá en marcha una generalizada batraciofagia militante –una vez más– y el respeto a la fórmula subordinación y valor para servir a la patria. No hay que olvidar qué orígenes tuvo el peronismo, a qué se dedicaba su creador.

¿Por qué Cristina eligió a Alberto Fernández? Dicen que Ella le dijo 'en este momento no se necesita a alguien como yo, que divide; vos te llevás bien con todo el mundo, hablás con todo el mundo y todos te quieren".

Alguno que otro –a favor y en contra, tuvo un déjà vu con aquello de Cámpora al gobierno Perón al poder, pero no hace falta analizar demasiado la cosa para llegar a conclusión de que Alberto no tiene la personalidad de Cámpora, ni Cristina –mucho menos–, la de Perón. Por el lado, no viene el tema.

El déjà vu tiene un bonus track: hoy Fernández-Fernández, ayer Perón-Perón, pero tampoco las personalidades son comparables. Eso sí, a Raúl Apold, la fórmula de hoy le hubiera complicado muchísimo su minuciosa y tristemente célebre tarea.

La respuesta la tendrá el tiempo, al igual que demostrará si la resolución ha sido o no acertada. Lo que queda evidente es que la puerta a estas prácticas fue abierta por Carlos Saúl Menem: si fue capaz de mostrarse públicamente a los abrazos y besos con el almirante Isaac Rojas, ¿qué cosas no se pueden hacer hoy y mañana, sin dar explicaciones, dentro del peronismo?